Mi primer relato

Hoy, RHM Flash, el sello de Random House que publica relatos en formato digital, publica un par de historias de terror que estaba deseando que vieran la luz. Se titulan OTEL (sin hache) y La sangre del muerto. Este último tiene la particularidad de ser el primer relato serio que escribí en mi vida. Antes había escrito algunas historietas de brujas y niños que se transforman en animales, tan inspiradas en Roald Dahl que rozaban el plagio descarado, y ejercicios de redacción en clase de Lengua que enfrentaban a Góngora y Quevedo en batallas telequinéticas deudoras de Carrie. Pero superada aquella fase imitadora, La sangre del muerto supuso mi primer intento de escribir algo adulto, o lo que yo entendía por adulto en aquel entonces:  a mis trece o catorce años, adultos me parecían los chicos de dieciséis que protagonizan la historia. Aún recuerdo perfectamente la noche de verano en que abrí un cuaderno sin usar del colegio y me dispuse, bolígrafo en mano, a perseguir mi carrera de escritor. Afortunadamente, esta reliquia se ha ido conservando hasta hoy, de trastero en trastero, guardada en la caja de los álbumes de cromos. Así de bien luce:

La-sangre-del-muerto-original

¿De dónde obtuve la inspiración para la primera gran hazaña que supone escribir un relato entero? De la tele, cómo no. Siempre he sido muy seguidor de las series de televisión que consistían en pequeños relatos de misterio con grandes giros finales, como Alfred Hitchcock presenta…, Cuentos asombrosos, o Historias de la Cripta. La que más veía por aquel entonces era esta última, que emitía Telecinco por las noches. Su cabecera sigue siendo una de mis favoritas: el sonido inicial de la verja al abrirse, los susurros que se oyen al bajar la escalera y la risa histérica del guardián de la cripta al final, me transportan aún hoy, de forma mágica, a aquellos veranos de mediados de los noventa. Y eso vale casi tanto como tener una máquina del tiempo.

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¿Debemos registrar todo lo que escribimos?

Antes de que mi primera novela llegara a las manos adecuadas, dediqué casi un año a enviarla a todas las editoriales posibles. También la envié al Premio Minotauro de aquel año, sin suerte alguna. Y recuerdo que cuando le contaba a alguien que estaba mandando alegremente el manuscrito a todas partes, la primera pregunta que me hacían era: “la habrás registrado, ¿no?”

Todos conocemos anécdotas como la del creador de futbolín y parece estar bastante instalada en el imaginario colectivo la figura siniestra de una persona malvada apropiándose del trabajo de otra que no puede demostrar su autoría porque nunca registró el original. Yo pasé por el trance de imaginarme plagiado antes incluso de terminar el manuscrito de El aviso, del cual llevaba una copia de seguridad en un reproductor de mp3 con el que iba al gimnasio. Una tarde, entre pesas y carreras en la cinta, lo olvidé en algún rincón. Y no lo volví a ver más. Como todo autor que está escribiendo su ópera prima, sentía que era, básicamente, la mejor novela de la historia y que iba a cambiar con ella el transcurso de la narrativa moderna.

Para mí, lo que contenía aquel mp3 era poco más o menos que un futuro de gloria, riquezas y reconocimiento. De repente, imaginaba mi valiosa historia en manos de algún levantador de pesas que se haría rico con mis ideas mientras mi vida se desintegraría como un barquito de papel en las corrientes de un alcantarillado. Hasta el día en que moriría de hambre en una acera viendo en los televisores de algún escaparate cómo ese ex compañero de gimnasio recibía el premio Nobel de Literatura por mi novela. Pues bien, es bastante probable que la realidad fuera otra, y que lo primero que hiciera esa persona que se quedó con mi reproductor fuera borrar el montón de archivos de Word que le estorbaban para poder meter más canciones de DJ Tiësto.

En efecto, todo ese miedo al plagio que parecemos tener los autores novatos está bastante infundado. Sirva mi pequeña fábula del mp3 para entender que, en realidad, la mayoría de profesionales que reciban un manuscrito actuarán de dos maneras:

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Escribe de lo que sabes. Bueno, mejor no.

Regreso al blog tras el largo parón estival con la sensación de haber vivido uno de los mejores veranos de mi vida recorriendo Estados Unidos en coche. Algo que va a hacer mucho bien a mi tercera novela porque el verano y la carretera serán protagonistas fundamentales. Y es curioso que yo diga esto porque, desde siempre, he sido bastante reacio a aceptar una de las máximas más repetidas en cursos para escritores: “Escribe sobre lo que conoces”/ “Escribe de lo que sabes”.

En manuales de escritura y cursos para escritores incipientes nunca falta dicho consejo, que acaba siendo el responsable de que muchos intentos de primeras novelas acaben convertidos en aburridos diarios o en elaborados ejercicios de documentación carentes de cosas mucho más importantes como son la trama, los puntos de giro o las emociones de los personajes. Aunque todos somos individuos únicos y bellos en nuestra propia singularidad, nuestras vidas tienden a ser más anodinas de lo que pensamos y, desde luego, mucho más aburridas cuando se ven desde fuera.

Leí tantas veces ese consejo en libros de escritura y blogs de otros autores que, al principio, dudé mucho si realmente debía intentar escribir las historias que quería escribir. ¿Cómo iba a lanzarme a escribir toda una novela sobre una familia encerrada en un sótano si nunca he experimentado nada similar? Bueno, en una ocasión fingí haber ido al colegio y realmente me escondí de mis padres en el tejado, donde me quedé nueve horas hasta que pude bajar y entrar en casa como si tal cosa —curiosamente, en clase de Lengua estábamos leyendo El diario de Ana Frank, y fue esa historia sobre un encierro la que me acompañó durante la odisea—, pero siendo eso es lo más cerca que he estado de vivir algo parecido a lo que vive el protagonista de El brillo de las luciérnagas, ¿cómo iba a poder describir correctamente su encierro durante diez años? Atendiendo a la máxima “Escribe sobre lo que conoces”, muy difícilmente.

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El lector electrónico también sirve para escribir

Me sigue sorprendiendo de manera genuina que, en muchas de las entrevistas que estoy haciendo para promocionar El brillo de las luciérnagas, todavía me pregunten si estoy a favor o en contra de los libros electrónicos. ¿A favor? ¿En contra? ¿Acaso es posible posicionarse al respecto en pleno 2013? Hoy en día, no aceptar la literatura digital como la realidad que es equivaldría a estar en contra de la electricidad misma, así que los que no seamos amish ni menonitas debemos abrazar este portento tecnológico que nos ha solucionado la vida a la hora de viajar en avión con varios libros encima, que nos permite acceder a títulos en su idioma original en un segundo, y que nos ayuda a descubrir a escritores independientes que quizá nunca hubieran llegado a nosotros de otra manera. Si no fuera por mi Kindle no conocería a Marc R. Soto y, creedme, el universo no podía permitir que eso ocurriera.

Otra cosa es preferir el libro físico como opción personal, y entiendo perfectamente a quienes sigan prefiriendo disfrutar del olor del papel y de lo acogedor que resulta agazaparse en un sofá bajo el peso de una buena novela. Al fin y al cabo, soy de los niños que crecimos viendo La historia interminable y, al igual que Bastian escondido en el desván de su colegio, siempre entenderé la magia que puede emanar de un libro al abrir su polvorienta cubierta.

Pero resistirse a aceptar el libro electrónico como una realidad hacia la que se dirige el futuro ha dejado de ser posible. Sobre todo cuando este dispositivo es también una estupenda herramienta para escritores, no sólo en lo relativo a la publicación y distribución de su obra, sino en el propio proceso de escritura. Que es a donde quería llegar con este post, a entender el lector electrónico también como herramienta de trabajo para el escritor. Un uso que no preví a la hora de hacerme con mi Kindle, pero que ha terminado por convertirse en uno de sus cometidos principales. Actualmente, todo lo que escribo pasa en algún momento por mi lector electrónico para hacer en él una lectura fresca y diferente del material. Más o menos, éste es el proceso:

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¿Cómo vive un escritor la Feria del Libro?

El pasado fin de semana estuve, por primera vez, firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid. La publicación de mi primera novela me pilló trabajando en un reality show en Honduras, lo que hizo que me perdiera varias de las citas importantes que suceden a la edición de un libro. De hecho, el primer ejemplar de El aviso que tuve entre mis manos, la primera vez que toqué un libro de verdad escrito por mí, fue en San Pedro Sula, la segunda ciudad hondureña en importancia, y lugar al que oportunamente llegó una visita desde España casi el mismo día de la publicación.

Así que he tenido que esperar dos años, uno de ellos encerrado en un sótano, para poder estrenarme en el gran evento literario de la ciudad de Madrid. Además fue un estreno por todo lo alto, firmando el sábado por la mañana en una de las casetas más concurridas y deseadas del Paseo del Duque de Fernán Núñez. La 170. La de la Casa del Libro. Compartía caseta con Laura Gallego, Alberto Chicote y Use Lahoz. La primera, en calidad de absoluta best seller española, definió en gran medida la manera en que transcurriría la mañana en mi caseta, y observar de primera mano el fenómeno fan que puede generar una escritora de nuestro país fue sin duda un gran entretenimiento.

Firmando

La feria la componen un montón de casetas, una detrás de otra, a lo largo de uno de los grandes paseos del parque de El Retiro. Pared con pared, centenares de quioscos ofrecen una selección de su catálogo al montón de gente que se pasea por allí. Este pasado fin de semana hizo un tiempo estupendo así que la afluencia de público, por lo que me contaban los libreros de las casetas en las que estuve, era más que considerable. Y anda que no me contaron cosas los libreros. Momento en que no se me acercaba nadie a que le firmara un libro, momento en que aprovechaba para charlar con ellos y que me contaran su visión del sector editorial, la feria, o la mastodóntica campaña de promoción del nuevo libro de Dan Brown.

Ese sábado por la mañana, antes de llegar a mi caseta, una cola kilométrica y vallas de seguridad que cercaban la zona me permitieron soñar durante un segundo que me había convertido de la noche a la mañana en el nuevo fenómeno literario del año, y que hordas de lectores esperaban ansiosos a que les estampara mi firma. Pero no. La cola, el griterío y los fans pertenecían a Laura Gallego, lógicamente. A mí me tocaba la silla contigua. Allí me senté yo, frente a una pila de mis novelas y bajo un cartel que anunciaba mi presencia, pensando para mis adentros: “algún día, Paul, algún día”.

Los autores que aún no vendemos como E. L. James, Dan Brown o la propia Laura, vivimos una feria tranquila, recibiendo a nuestros seguidores de forma espaciada y con tiempo para charlar con ellos sobre el argumento de la novela o cómo han sabido de su existencia. A mí aún me parece mágico el momento en el que un desconocido se acerca a comprar un libro tuyo, aceptando la invitación a leerte que suponen la sinopsis, la portada, o una entrevista que han escuchado en la radio, y recibe con alegría la firma y la dedicatoria manuscrita. Uno de los lectores que vino el sábado me anunciaba después por Twitter que ahí mismo, en El Retiro y bajo el sol de un día espectacular, iba a descender por primera vez a la oscuridad del sótano en el que transcurre El brillo de las luciérnagas. Espero que la estancia le esté resultando tan agradable como sobrecogedora:

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Entre lector y lector, transcurren unos minutos que tienden a hacerse un poco largos, así que me entretuve observando a los jóvenes lectores de mi compañera de firma, que no sólo hacían cola, sino que pululaban por la caseta y alrededores extasiados de conocer a su ídolo, quien acababa por tener cierto aire de estrella del pop. Fue un verdadero placer descubrir a un montón de adolescentes charlando de libros, observando fascinados volúmenes que desconocían de la escritora, y comentando tramas o analizando personajes con total naturalidad. Mientras exista esta juventud, los libros están muy lejos de morir, por mucho empeño que pongan quienes se afanan en anunciar su deceso.

También tuve oportunidad de hacer de librero. Resulta que los escritores estamos dentro de la caseta, igual que quienes atienden a las compradores, así que no es raro que los clientes te pregunten a ti por alguna información del catálogo. Los chicos que atendían en la Casa del Libro parecían apurados cada vez que eso ocurría (también los clientes que, a mitad de transacción, descubrían que en realidad me encontraba allí para firmar), pero yo estaba encantado ejerciendo de librero en mis ratos libres: lo mismo respondía que sí, que se podía pagar con tarjeta, como que informaba del precio, que acabé por aprenderme, de algunos de los títulos más solicitados.

Los que sí venían buscando mi firma se llevaron estampada en la tercera página del libro (allí donde confluyen el nombre de autor, el título y la editorial), la frase que he decidido utilizar como dedicatoria para esta novela: “no existe criatura más fascinante que aquella que es capaz de crear luz por sí misma”. Decenas de ejemplares acabaron así dedicados en esa primera mañana de firmas, como atestiguan algunos tuits que posteriormente compartieron estos lectores. Que, por cierto, no sé si lo he dicho, pero empiezo a sospechar que mis lectores son los mejores lectores que existen. ¿Puede ser?

Tuit

Total, que dieron las dos de la tarde y llegó el momento de levantarse. Los seguidores de Laura gritaban para conseguir más firmas, pero yo pude abandonar la escena tranquilamente sin originar ningún drama. Habiendo cumplido por el momento con mis responsabilidades como escritor, me enfundé el traje de lector e hice el consabido recorrido paseo arriba, paseo abajo. En mi mente estaba la idea de hacerme con el nuevo libro de Manel Loureiro, pero unos amigos insistentes me metieron prisa para reunirme con ellos a comer y pospuse mi encargo mental para más adelante. Claro que como las casualidades son caprichosas y juegan con nuestros destinos a placer, ¿con quién me tocó compartir caseta en el turno de tarde? En efecto: con Manel Loureiro precisamente.

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El momento en el que escribir adquiere significado

El pasado 9 de mayo se publicó mi segunda novela, El brillo de las luciérnagas. Era una fecha que tenía marcada en mi calendario desde hacía varios meses y que señalaba el momento a partir del cual, por fin, la gente iba a poder leer la historia del niño y el sótano a la que tanto tiempo de escritura había dedicado. Y que es el momento en el que todo esto de escribir adquiere significado. Porque sólo cuando alguien lee lo escrito en la página es cuando los personajes creados cobran auténtica vida. Como los muñecos de Toy Story, pero al revés: si Buzz Lightyear podía volar por el cuarto de Andy sólo cuando el niño no le miraba, el niño protagonista de mi novela sólo puede caminar por la oscuridad de su sótano cuando alguien lee cómo lo hace. Hasta ese momento, él mismo, su padre, su madre, su abuela, su hermano y su hermana no son más que un montón de letras inertes impresas en una página.

La actualidad ha querido que el lanzamiento coincida con la liberación de las tres jóvenes secuestradas en Cleveland. La realidad superando a la ficción una vez más. Desde luego nunca imaginé que mi historia de una familia encerrada durante diez años en un sótano fuera a publicarse mientras todos los diarios e informativos del país hablaban, precisamente, del encierro durante también diez años de Amanda Berry, Gina de Jesus y Michelle Knight.  La coincidencia, claro, ha sido pregunta obligada en el montón de entrevistas que he respondido durante esta primera semana de promoción, semana a la que dedicaré la próxima entrada.

De momento volvamos a la ficción. Y a ese día 9 de mayo. Un jueves que esperaba con impaciencia porque la vida de la familia que yo encerré en un sótano estaba a punto de hacerse realidad en la mente de un montón de gente a la que no conozco. Hay un momento muy emocionante tras la publicación de un libro: cuando recibes la primera opinión realmente anónima. Hasta ese día, tu historia la han leído dos tipos de personas cuyo juicio debe ponerse en duda. Primero, gente demasiado cercana a ti como para darte una valoración objetiva: amigos, novias, maridos o parientes de primer o segundo grado no se caracterizan por tener el mejor ojo crítico. Segundo, gente que está involucrada contigo en el proceso de publicación de la novela, como agentes o editores, y cuya implicación puede nublarles el sentido tanto como a ti.

Pero la de esa primera persona desconocida que lee tu libro desde el desapego total, esa opinión, es la que de verdad hay que escuchar. Porque a esa persona le da igual que te llames Paul Pen o Peter Pan, seas español o de China, hayas publicado o no, y le importa también un pimiento cuál ha sido el proceso de escritura, o si te ha costado más o menos esfuerzo. Y así tiene que ser. Lo que hace esa persona es abrir tu libro con total neutralidad buscando leer algo que le entretenga, le muestre una faceta de la vida que no conoce o le haga disfrutar, sufrir y, con un poco de suerte, llorar.

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Escribir contando palabras

La literatura, de toda la vida de Dios, ha sido una disciplina de letras. Obvio. Sin embargo, fueron las matemáticas las que, irónicamente, me animaron a ponerme a escribir una novela. ¿Por qué? Porque habiendo sido de ciencias hasta COU, decidí realizar una aproximación numérica a esa labor tan idealizada de escribir un libro. Antes de preocuparme por asuntos meramente literarios, quise saber a qué me enfrentaba desde un punto de vista cuantitativo. En contra del habitual rechazo que todo lo matemático genera en ambientes de letras, creo que las cosas pueden simplificarse mucho cuando se reducen a la realidad empírica e inalterable de los números, porque ellos no entienden de las interpretaciones y opiniones subjetivas tan propias de las disciplinas artísticas.

Los consejos habituales que uno escucha por ahí cuando busca motivación para empezar a escribir son del tipo “escribe sólo lo que la inspiración te permita cada día”, o “escribir es un acto artístico que no se debe cuantificar”. Pero a mí ese tipo de indicaciones no me ayudaban en nada. Porque si nos quedamos mirando la hoja en blanco esperando que un torbellino de inspiración nos sacuda y nuestros dedos tecleen solos movidos por las sobrevaloradas musas, corremos el riesgo de acabar hipnotizados por el latir intermitente del cursor.

Para embarcarse en un proyecto tan abstracto como el de escribir una novela, así, en general, es necesario tener algo mucho más práctico a lo que agarrarse. Más de andar por casa. Al menos yo necesitaba datos, límites, cuentas. Números. Porque aunque es muy bonito hablar de “creación de personajes” y “dotar de tema a un capítulo”, en realidad lo que uno se pregunta antes de escribir una novela es: ¿pero cuánto tengo que escribir? ¿A cuántas páginas tengo que llegar? ¿Habré acabado en 2015?

Redactar un libro parece, en principio, un trabajo enorme, inabarcable. Escribir la primera y última palabra pertenecen a una misma labor hercúlea. Al fin y al cabo, estamos creando un mundo entero, gestando las vidas de unas personas. ¿Qué hay más grande que eso? Da vértigo sólo de pensarlo. Por suerte, es una sensación que puede desaparecer fácilmente si, como haría Dexter con un cadáver, descuartizamos la labor en pequeñas partes. Y es aquí donde entran mis amigos los números. Pero que nadie se asuste que no vamos a hablar de logaritmos neperianos ni integrales, sino de fracciones de las más básicas. Nivel frutería.

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Scrivener: un gran programa para escribir novelas

Es difícil no sentirse como un traidor cuando uno se sienta delante del ordenador para hablar  de un programa de escritura que no sea nuestro querido Microsoft Word. Aunque en los tiempos de MS-DOS ya tecleáramos palabritas en una pantalla, fue con el programa de la W con el que la mayoría nos iniciamos en el mundo del procesamiento de textos. Fuera por la razón que fuera (básicamente, porque venía preinstalado en nuestras primeras computadoras), el Word nos abrió las puertas del Cortar y Pegar, del Reemplazar y del Contar Palabras. Del Número de Página y el Interlineado. Gracias a él conocimos las tipografías Webdings, Windings y Book Antiqua. Nos peleamos con los Saltos de Página. Sentimos escalofríos cada vez que aquella criatura del infierno llamada Clippy tocaba en nuestra pantalla para preguntarnos si estábamos escribiendo una carta, aunque nunca estábamos escribiendo una carta.

Es mucho lo que hemos vivido con Microsoft Word. Por mi parte, El aviso, El brillo de las luciérnagas y todos los relatos que he publicado, los he escrito con ese programa. Alguna vez probé con Open Office y otros sustitutos, pero no era lo mismo. En Word me sentía en casa. Sabía en qué armario guardaba el azúcar y en qué menú se encontraba exactamente la función para tachar el texto.

Todo iba bien entre Word y yo hasta que, en algún momento del año pasado, el director del programa de televisión en el que trabajaba me preguntó qué software utilizaba para escribir las novelas. Y caí en que nunca me había planteado siquiera la posibilidad de escribir con otro programa. Y eso que muchas veces me he sentido limitado con Word, no en el momento de escribir, sino a la hora de organizar el trabajo. Una novela es mucho más que un documento, es un gran engranaje de muchos de ellos, y moverse entre todas esas ramificaciones nunca ha resultado sencillo en Word.

El caso es que busqué en el todopoderoso Google y descubrí que, en efecto, existen multitud de programas orientados al trabajo del escritor. De todos ellos, el que más me convenció por el aspecto de los tutoriales que estudié en YouTube se llamaba Scrivener. Probé a bajar la demo y, pocos días después, estaba comprando la versión completa. He aquí cinco buenas razones que me convencieron para cambiarme:

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Diez maneras infalibles de mejorar un manuscrito (I)

Una vez que uno escribe la palabra Fin en una novela, en realidad lo único que hace es establecer un nuevo comienzo. Por muy organizado que uno sea, por mucho que sepa desde el principio que al final la chica muere a manos del hermano gemelo de su marido desaparecido, siempre será necesario volver sobre lo escrito porque habrán ocurrido cosas que nunca se previeron y que cambian sustancialmente lo que aconteció previamente.

La reescritura es un trabajo profundo en el que habrá que encajar a la perfección la secuencia de eventos, pulir las motivaciones de todos los personajes, evitar las inconsistencias en la trama y otras labores de crucial importancia de las que hablaremos en entradas futuras. Pero antes incluso de someter a nuestra novela a esa operación a corazón abierto, existe una serie de primeros auxilios que podemos aplicarle y que mejorarán su salud de forma automática.

1. ADJETIVOS, LOS NECESARIOS, QUE SON MENOS DE LOS QUE PENSAMOS

Debió de ser cuando escribíamos composiciones en el colegio cuando descubrimos lo fácil que era engordar un texto a base de adjetivos. Además, por aquel entonces, la profesora incluso nos subía la nota al comprobar la riqueza de nuestro léxico. El “precioso, profundo, inmenso e inabarcable cielo azul” que mencionábamos en nuestra redacción nos hacía aún más merecedores del Progresa Adecuadamente. Pero como ya no estamos sentados en un pupitre sino en un escritorio Expedit, se acabó lo que se daba. Adjetivos, los justos. Y nada de frases como “el frío y morado cadáver estaba hinchado”. Tres adjetivos en siete palabras no es un buen ratio, y menos cuando son adjetivos que ya se presuponen al nombre al que acompañan. La sencillez es siempre nuestra aliada. Siempre. Por lo menos hasta que seamos Javier Marías y hagamos con las oraciones lo que nos dé la gana. De momento, un único adjetivo bien puesto, basta.

2. QUITAR TODAS LAS PALABRAS QUE ACABEN EN -MENTE

Bueno, y que sean adverbios, claro. Que nadie comience a cambiar la palabra mente referida a la potencia intelectual del alma de su personaje (lo de ‘potencia intelectual del alma’ es la definición que acabo de ver que la RAE ofrece para dicha palabra, qué bonito). A lo que iba, algo tan sencillo como utilizar la herramienta Edición > Buscar de Word para localizar todos los adverbios acabados en -mente que hayamos usado, elevará la legibilidad del manuscrito unos cuantos puntos.

¿Qué hacer con ellos? Borrarlos. La mayor parte de las veces, se puede. El mero contexto, si hemos hecho bien nuestro trabajo, evita la necesidad de redundar con un adverbio. Si estamos describiendo la huida de un ladrón que acaba de robar un banco, no nos hace falta aclarar que giró la llave del coche nerviosamente. Ni rápidamente. Ni frenéticamente. Las sirenas de la policía, el sudor que resbala por su frente, la respiración entrecortada y las manos temblorosas ya nos dejan claro que la huida es rápida, frenética y nerviosa. No hace falta más.

Lo mismo ocurre con los adverbios asociados a diálogos. Si hemos tenido que añadirlos para que el lector entienda la manera en la que el personaje ha pronunciado su frase, algo hemos hecho mal. Deben ser las propias palabras las que definan el carácter. Si alguien dice “aparta de mi paso a ese bebé, que molesta”, ya entendemos que esa persona podría ser amiga de Cruela de Vil. No hay ninguna necesidad de aclarar que lo dijo cruelmente o brutalmente. ¿Que insistimos en usar el adverbio porque nuestro personaje sólo dice “Vamos” y queremos transmitir que está nervioso esperando a su novia que no termina de arreglarse? Hay salidas mucho mejores que escribir “dijo nerviosamente”: hacer que el muchacho mire el reloj y haga crujir, uno a uno, sus nudillos.

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¿Quién elige la portada de una novela?

Si existe un momento que me gusta especialmente en el proceso de publicación de una novela es el momento de ver la portada. En contra de lo que dicta la razón y la sabiduría popular, no puedo evitar hacer un primer juicio de un libro basándome en su portada, así que supongo que otro montón de gente hará lo propio con los míos. Al fin y al cabo, y salvo novedades muy anticipadas, es lo primero que vemos de ese libro. Recuerdo que de pequeño viví como algo traumático un cambio de ilustrador que se produjo en los libros de El pequeño vampiro. Vale que los verdaderos personajes eran los que Angela Sommer-Bodenburg describía con sus palabras y no los que la ilustradora plasmaba en la portada, pero tras años de imaginar a Rüdiger y Anton de una manera, no resultaba sencillo comprar nuevos libros con portadas invadidas por personajes de apariencia extraña:

Las flechas señalan al mismo personaje. ¿Cómo puede afrontarse algo así?

Las flechas señalan al mismo personaje. ¿Cómo puede afrontarse algo así?

¿Quién elige la portada de tu novela? La editorial. ¿Tenemos los escritores algo que decir al respecto? Por supuesto. Aunque, al menos en lo que ha sido mi experiencia, partiendo siempre de opciones enviadas por la editorial. Recuerdo el caso de un escritor norteamericano, Barry Eisler, que se enfadó tanto al ver la portada con la que una editorial extranjera había sacado al mercado la traducción de una de sus novelas, que decidió escribir una carta abierta a esa editorial para dejar las cosas claras. La portada fue ésta:

Barry-Eisler

Y en la carta les dijo cosas como: “entiendo que diferentes mercados tienen diferentes sensibilidades, pero la imagen que han elegido no es que viole la sensibilidad de un mercado particular, sino que viola los fundamentos del márketing como tal”; y “alguien que tratara deliberadamente de encontrar una imagen más insípida e inerte a la que ustedes proponen tendría bastante difícil encontrarla”.

Yo aún no me he encontrado en una situación como ésta, aunque recuerdo perfectamente el susto que me llevé cuando recibí la primera opción que RBA me ofreció para El aviso. La editora me explicaba, con mucha razón, que una portada no tiene por qué reflejar exactamente el universo de la novela, sino que debe transmitir las emociones que provoca ese texto. Y hasta ahí estoy de acuerdo. Pero resulta que esa primera portada mostraba la fotografía de una niña. Y quien haya leído El aviso sabrá que el protagonista era un niño. La imagen sin duda era inquietante, lo cual cuadraba con la atmósfera de la novela, pero me resistía a ilustrar con una niña lo que era una historia sobre un niño. Si, al fin y al cabo, las editoriales tiran en muchas ocasiones de bancos de imágenes para sus portadas, bancos en los que hay centenares de fotografías de modelos anónimos de todas las edades, ¿por qué elegir el sexo equivocado?

Tras mostrar amablemente mi disconformidad, la editorial mandó dos nuevas opciones, ambas protagonizadas, ahora sí, por niños varones aterrorizados. Uno de ellos era el que finalmente quedó plasmado en la portada. Ahora que lo pienso, creo recordar que a mí me gustaba más una Opción A y al final ganó la Opción B por votación entre mi agencia, la gente de la editorial y demás, pero es que también hay un momento en el que uno debe dejarse aconsejar y admitir que no siempre es su gusto exacto el que debe prevalecer. Alcanzado cierto nivel de satisfacción, no está de más ser flexible. Porque está claro que, si de mí dependiera y los presupuestos no fueran los que son, plantearía cada portada como un cartel de cine.

Y si a mí me costaba imaginar a una niña en la portada, mayor sorpresa debió llevarse la autora Justin Labalestier cuando vio cómo su editorial americana colocaba en la cubierta de su novela Liar a una chica blanca, cuando su protagonista era negra. La sorpresa se extendió también a los lectores e incluso trascendió a los medios de comunicación debido a la lectura racista que podía hacerse del asunto. Tan grande se hizo el tema, que la editorial acabó por cambiar de portada:

Liar

En mi caso, además, he tenido la suerte de ver mi primera novela publicada en otros dos países, así que he vivido en dos ocasiones extra la emoción de abrir el mail en el que te adjuntan la portada. Tanto la editorial alemana como la italiana acertaron a la primera con las portadas que me enviaron. Italia utilizó gotas de sangre y eso siempre es un plus para un admirador de las portadas barateras de novela de bolsillo como soy yo, y la alemana optó por darle protagonismo al número 9 con un diseño de thriller aeroportuario que se ha convertido en mi portada favorita de las tres:

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