Banda sonora de ‘La casa entre los cactus’

Para los que estén leyendo ‘La casa entre los cactus’, o para los que ya la hayan leído pero quieran revivir su atmósfera, propongo esta lista de reproducción en Spotify con las canciones que formarían, a mi entender, una banda sonora perfecta para el libro. Yo las escuché sin cesar durante la escritura de la novela. En mi cabeza, las canciones se titularían así: 1. Edelweiss’s theme 2. Windy desert night. 3. Ascalapha Odorata. 4. Rose and Elmer theme. 5. Desert sun. 6. Iris’s theme. 7. The cactuses talk. 8. Missing sister. 9. Let the mystery be. 10. Cactus bloom. 11. The portrait. También se puede escuchar la lista en Youtube: Aunque, en realidad, el audio que más escuché mientras escribía ‘La casa entre los cactus’ fue éste, ocho horas seguidas de sonido desértico que me aislaban del mundo:

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My new book is on its way

My third novel is on its way. I suddenly realised it last night when I saw it added to the Amazon site, with its very own page. I’ve worked on this novel since 2015, lived with its characters for nearly two years now, but it was yesterday when, in a sense, it first proved its existence to the world. It’s nothing more than a landing page—there’s not even a cover or a blurb on it yet—but it does reveal the title. Yesterday, only editor, translator and I knew about it. Today it’s official and public: DESERT FLOWERS is my upcoming new novel. Hard as rock and sand, tender as a cactus bloom. Mysterious as an animal skull reflecting the desert moonlight. I can’t wait for my readers to meet the family that lives in that desert. In a house full of love and secrets. As you approach, you may hear laughter and screams. Anyone who enjoyed or suffered with what happened in the basement of The Light of the Fireflies—and every time I read the thousands of reviews on Amazon and Goodreads I rejoice at how many of you did—should be prepared to be shocked and moved again. But in a completely different way. No fireflies, darkness or confined spaces this time. Instead, the vast landscape of an immense desert strangely filled with all kinds of flowers. I’ll be sharing more information on the novel as the AmazonCrossing release date approaches, but I felt the need today to introduce the book in a respectable and formal way. Readers, this is Desert Flowers. Desert Flowers, these are your future readers.

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¿Debemos registrar todo lo que escribimos?

Antes de que mi primera novela llegara a las manos adecuadas, dediqué casi un año a enviarla a todas las editoriales posibles. También la envié al Premio Minotauro de aquel año, sin suerte alguna. Y recuerdo que cuando le contaba a alguien que estaba mandando alegremente el manuscrito a todas partes, la primera pregunta que me hacían era: “la habrás registrado, ¿no?” Todos conocemos anécdotas como la del creador de futbolín y parece estar bastante instalada en el imaginario colectivo la figura siniestra de una persona malvada apropiándose del trabajo de otra que no puede demostrar su autoría porque nunca registró el original. Yo pasé por el trance de imaginarme plagiado antes incluso de terminar el manuscrito de El aviso, del cual llevaba una copia de seguridad en un reproductor de mp3 con el que iba al gimnasio. Una tarde, entre pesas y carreras en la cinta, lo olvidé en algún rincón. Y no lo volví a ver más. Como todo autor que está escribiendo su ópera prima, sentía que era, básicamente, la mejor novela de la historia y que iba a cambiar con ella el transcurso de la narrativa moderna. Para mí, lo que contenía aquel mp3 era poco más o menos que un futuro de gloria, riquezas y reconocimiento. De repente, imaginaba mi valiosa historia en manos de algún levantador de pesas que se haría rico con mis ideas mientras mi vida se desintegraría como un barquito de papel en las corrientes de un alcantarillado. Hasta el día en que moriría de hambre en una acera viendo en los televisores de algún escaparate cómo ese ex compañero de gimnasio recibía el premio Nobel de Literatura por mi novela. Pues bien, es bastante probable que la realidad fuera otra, y que lo primero que hiciera esa persona que se quedó con mi reproductor fuera borrar el montón de archivos de Word que le estorbaban para poder meter más canciones de DJ Tiësto. En efecto, todo ese miedo al plagio que parecemos tener los autores novatos está bastante infundado. Sirva mi pequeña fábula del mp3 para entender que, en realidad, la mayoría de profesionales que reciban un manuscrito actuarán de dos maneras:

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Escribe de lo que sabes. Bueno, mejor no.

Regreso al blog tras el largo parón estival con la sensación de haber vivido uno de los mejores veranos de mi vida recorriendo Estados Unidos en coche. Algo que va a hacer mucho bien a mi tercera novela porque el verano y la carretera serán protagonistas fundamentales. Y es curioso que yo diga esto porque, desde siempre, he sido bastante reacio a aceptar una de las máximas más repetidas en cursos para escritores: “Escribe sobre lo que conoces”/ “Escribe de lo que sabes”. En manuales de escritura y cursos para escritores incipientes nunca falta dicho consejo, que acaba siendo el responsable de que muchos intentos de primeras novelas acaben convertidos en aburridos diarios o en elaborados ejercicios de documentación carentes de cosas mucho más importantes como son la trama, los puntos de giro o las emociones de los personajes. Aunque todos somos individuos únicos y bellos en nuestra propia singularidad, nuestras vidas tienden a ser más anodinas de lo que pensamos y, desde luego, mucho más aburridas cuando se ven desde fuera. Leí tantas veces ese consejo en libros de escritura y blogs de otros autores que, al principio, dudé mucho si realmente debía intentar escribir las historias que quería escribir. ¿Cómo iba a lanzarme a escribir toda una novela sobre una familia encerrada en un sótano si nunca he experimentado nada similar? Bueno, en una ocasión fingí haber ido al colegio y realmente me escondí de mis padres en el tejado, donde me quedé nueve horas hasta que pude bajar y entrar en casa como si tal cosa —curiosamente, en clase de Lengua estábamos leyendo El diario de Ana Frank, y fue esa historia sobre un encierro la que me acompañó durante la odisea—, pero siendo eso es lo más cerca que he estado de vivir algo parecido a lo que vive el protagonista de El brillo de las luciérnagas, ¿cómo iba a poder describir correctamente su encierro durante diez años? Atendiendo a la máxima “Escribe sobre lo que conoces”, muy difícilmente.

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El lector electrónico también sirve para escribir

Me sigue sorprendiendo de manera genuina que, en muchas de las entrevistas que estoy haciendo para promocionar El brillo de las luciérnagas, todavía me pregunten si estoy a favor o en contra de los libros electrónicos. ¿A favor? ¿En contra? ¿Acaso es posible posicionarse al respecto en pleno 2013? Hoy en día, no aceptar la literatura digital como la realidad que es equivaldría a estar en contra de la electricidad misma, así que los que no seamos amish ni menonitas debemos abrazar este portento tecnológico que nos ha solucionado la vida a la hora de viajar en avión con varios libros encima, que nos permite acceder a títulos en su idioma original en un segundo, y que nos ayuda a descubrir a escritores independientes que quizá nunca hubieran llegado a nosotros de otra manera. Si no fuera por mi Kindle no conocería a Marc R. Soto y, creedme, el universo no podía permitir que eso ocurriera. Otra cosa es preferir el libro físico como opción personal, y entiendo perfectamente a quienes sigan prefiriendo disfrutar del olor del papel y de lo acogedor que resulta agazaparse en un sofá bajo el peso de una buena novela. Al fin y al cabo, soy de los niños que crecimos viendo La historia interminable y, al igual que Bastian escondido en el desván de su colegio, siempre entenderé la magia que puede emanar de un libro al abrir su polvorienta cubierta. Pero resistirse a aceptar el libro electrónico como una realidad hacia la que se dirige el futuro ha dejado de ser posible. Sobre todo cuando este dispositivo es también una estupenda herramienta para escritores, no sólo en lo relativo a la publicación y distribución de su obra, sino en el propio proceso de escritura. Que es a donde quería llegar con este post, a entender el lector electrónico también como herramienta de trabajo para el escritor. Un uso que no preví a la hora de hacerme con mi Kindle, pero que ha terminado por convertirse en uno de sus cometidos principales. Actualmente, todo lo que escribo pasa en algún momento por mi lector electrónico para hacer en él una lectura fresca y diferente del material. Más o menos, éste es el proceso:

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Escribir contando palabras

La literatura, de toda la vida de Dios, ha sido una disciplina de letras. Obvio. Sin embargo, fueron las matemáticas las que, irónicamente, me animaron a ponerme a escribir una novela. ¿Por qué? Porque habiendo sido de ciencias hasta COU, decidí realizar una aproximación numérica a esa labor tan idealizada de escribir un libro. Antes de preocuparme por asuntos meramente literarios, quise saber a qué me enfrentaba desde un punto de vista cuantitativo. En contra del habitual rechazo que todo lo matemático genera en ambientes de letras, creo que las cosas pueden simplificarse mucho cuando se reducen a la realidad empírica e inalterable de los números, porque ellos no entienden de las interpretaciones y opiniones subjetivas tan propias de las disciplinas artísticas. Los consejos habituales que uno escucha por ahí cuando busca motivación para empezar a escribir son del tipo “escribe sólo lo que la inspiración te permita cada día”, o “escribir es un acto artístico que no se debe cuantificar”. Pero a mí ese tipo de indicaciones no me ayudaban en nada. Porque si nos quedamos mirando la hoja en blanco esperando que un torbellino de inspiración nos sacuda y nuestros dedos tecleen solos movidos por las sobrevaloradas musas, corremos el riesgo de acabar hipnotizados por el latir intermitente del cursor. Para embarcarse en un proyecto tan abstracto como el de escribir una novela, así, en general, es necesario tener algo mucho más práctico a lo que agarrarse. Más de andar por casa. Al menos yo necesitaba datos, límites, cuentas. Números. Porque aunque es muy bonito hablar de “creación de personajes” y “dotar de tema a un capítulo”, en realidad lo que uno se pregunta antes de escribir una novela es: ¿pero cuánto tengo que escribir? ¿A cuántas páginas tengo que llegar? ¿Habré acabado en 2015? Redactar un libro parece, en principio, un trabajo enorme, inabarcable. Escribir la primera y última palabra pertenecen a una misma labor hercúlea. Al fin y al cabo, estamos creando un mundo entero, gestando las vidas de unas personas. ¿Qué hay más grande que eso? Da vértigo sólo de pensarlo. Por suerte, es una sensación que puede desaparecer fácilmente si, como haría Dexter con un cadáver, descuartizamos la labor en pequeñas partes. Y es aquí donde entran mis amigos los números. Pero que nadie se asuste que no vamos a hablar de logaritmos neperianos ni integrales, sino de fracciones de las más básicas. Nivel frutería.

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Scrivener: un gran programa para escribir novelas

Es difícil no sentirse como un traidor cuando uno se sienta delante del ordenador para hablar  de un programa de escritura que no sea nuestro querido Microsoft Word. Aunque en los tiempos de MS-DOS ya tecleáramos palabritas en una pantalla, fue con el programa de la W con el que la mayoría nos iniciamos en el mundo del procesamiento de textos. Fuera por la razón que fuera (básicamente, porque venía preinstalado en nuestras primeras computadoras), el Word nos abrió las puertas del Cortar y Pegar, del Reemplazar y del Contar Palabras. Del Número de Página y el Interlineado. Gracias a él conocimos las tipografías Webdings, Windings y Book Antiqua. Nos peleamos con los Saltos de Página. Sentimos escalofríos cada vez que aquella criatura del infierno llamada Clippy tocaba en nuestra pantalla para preguntarnos si estábamos escribiendo una carta, aunque nunca estábamos escribiendo una carta. Es mucho lo que hemos vivido con Microsoft Word. Por mi parte, El aviso, El brillo de las luciérnagas y todos los relatos que he publicado, los he escrito con ese programa. Alguna vez probé con Open Office y otros sustitutos, pero no era lo mismo. En Word me sentía en casa. Sabía en qué armario guardaba el azúcar y en qué menú se encontraba exactamente la función para tachar el texto. Todo iba bien entre Word y yo hasta que, en algún momento del año pasado, el director del programa de televisión en el que trabajaba me preguntó qué software utilizaba para escribir las novelas. Y caí en que nunca me había planteado siquiera la posibilidad de escribir con otro programa. Y eso que muchas veces me he sentido limitado con Word, no en el momento de escribir, sino a la hora de organizar el trabajo. Una novela es mucho más que un documento, es un gran engranaje de muchos de ellos, y moverse entre todas esas ramificaciones nunca ha resultado sencillo en Word. El caso es que busqué en el todopoderoso Google y descubrí que, en efecto, existen multitud de programas orientados al trabajo del escritor. De todos ellos, el que más me convenció por el aspecto de los tutoriales que estudié en YouTube se llamaba Scrivener. Probé a bajar la demo y, pocos días después, estaba comprando la versión completa. He aquí cinco buenas razones que me convencieron para cambiarme:

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Diez maneras infalibles de mejorar un manuscrito (I)

Una vez que uno escribe la palabra Fin en una novela, en realidad lo único que hace es establecer un nuevo comienzo. Por muy organizado que uno sea, por mucho que sepa desde el principio que al final la chica muere a manos del hermano gemelo de su marido desaparecido, siempre será necesario volver sobre lo escrito porque habrán ocurrido cosas que nunca se previeron y que cambian sustancialmente lo que aconteció previamente. La reescritura es un trabajo profundo en el que habrá que encajar a la perfección la secuencia de eventos, pulir las motivaciones de todos los personajes, evitar las inconsistencias en la trama y otras labores de crucial importancia de las que hablaremos en entradas futuras. Pero antes incluso de someter a nuestra novela a esa operación a corazón abierto, existe una serie de primeros auxilios que podemos aplicarle y que mejorarán su salud de forma automática. 1. ADJETIVOS, LOS NECESARIOS, QUE SON MENOS DE LOS QUE PENSAMOS Debió de ser cuando escribíamos composiciones en el colegio cuando descubrimos lo fácil que era engordar un texto a base de adjetivos. Además, por aquel entonces, la profesora incluso nos subía la nota al comprobar la riqueza de nuestro léxico. El “precioso, profundo, inmenso e inabarcable cielo azul” que mencionábamos en nuestra redacción nos hacía aún más merecedores del Progresa Adecuadamente. Pero como ya no estamos sentados en un pupitre sino en un escritorio Expedit, se acabó lo que se daba. Adjetivos, los justos. Y nada de frases como “el frío y morado cadáver estaba hinchado”. Tres adjetivos en siete palabras no es un buen ratio, y menos cuando son adjetivos que ya se presuponen al nombre al que acompañan. La sencillez es siempre nuestra aliada. Siempre. Por lo menos hasta que seamos Javier Marías y hagamos con las oraciones lo que nos dé la gana. De momento, un único adjetivo bien puesto, basta. 2. QUITAR TODAS LAS PALABRAS QUE ACABEN EN -MENTE Bueno, y que sean adverbios, claro. Que nadie comience a cambiar la palabra mente referida a la potencia intelectual del alma de su personaje (lo de ‘potencia intelectual del alma’ es la definición que acabo de ver que la RAE ofrece para dicha palabra, qué bonito). A lo que iba, algo tan sencillo como utilizar la herramienta Edición > Buscar de Word para localizar todos los adverbios acabados en -mente que hayamos usado, elevará la legibilidad del manuscrito unos cuantos puntos. ¿Qué hacer con ellos? Borrarlos. La mayor parte de las veces, se puede. El mero contexto, si hemos hecho bien nuestro trabajo, evita la necesidad de redundar con un adverbio. Si estamos describiendo la huida de un ladrón que acaba de robar un banco, no nos hace falta aclarar que giró la llave del coche nerviosamente. Ni rápidamente. Ni frenéticamente. Las sirenas de la policía, el sudor que resbala por su frente, la respiración entrecortada y las manos temblorosas ya nos dejan claro que la huida es rápida, frenética y nerviosa. No hace falta más. Lo mismo ocurre con…

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Por qué no escribo con música

Abandonamos temporalmente la línea temática sobre el proceso de publicar para ocuparnos de un tema que atañe al propio proceso de escritura: el de la música. Debate clásico que divide a los escritores en dos grupos: quienes encuentran en los auriculares conectados al ordenador un aporte de inspiración extra, y aquellos que son incapaces de escribir mientras alguien canta otras palabras en sus oídos. Es sabido que Stephen King escribe escuchando música heavy a todo volumen, pero a mí me ocurre lo contrario. Me gusta el silencio. Mi primera novela la escribí así sin planteármelo demasiado. En la segunda, quise probar a hacerlo con música. Siendo el detonador de emociones que es, supuse que podría ayudar. Dispuesto a comprobarlo, escribí la primera parte de El brillo de las luciérnagas escuchando un loop infinito de unas cuantas canciones de bandas sonoras de películas que tengo en altísima estima: El orfanato, El laberinto del fauno, Eduardo Manostijeras y Hasta que llegó su hora. Ésta fue mi lista de reproducción durante meses: Todo el proceso de escritura de esa primera parte, e incluso las relecturas de cada día, las realicé escuchando esa música. Eran, sin duda, canciones que casaban a la perfección con la atmósfera oscura pero con toques de ternura que buscaba conseguir. En mi cabeza, las campanitas que suenan en los temas de la película de Tim Burton acompañaban el vuelo de unas luciérnagas que aparecen en el sótano donde transcurre la acción de la novela. Casualmente, ese año la ONCE decidió utilizar la misma canción de Eduardo Manostijeras como banda sonora de su anuncio de El Gordo de Navidad, y yo tenía tan asociada la musiquita a la novela, que cada vez que alguna cadena emitía dicha publicidad me convertía en el perro de Pavlov: oía las campanitas y sentía un impulso irrefrenable de ponerme a escribir: Y veo que me ocurre todavía. ¿Por qué entonces acabé cambiando de parecer? Pues porque llegó un día en que leí lo escrito en completo silencio. Y descubrí que la música en mis oídos había puesto sobre la páginas cosas que en realidad no estaban. Mi experiencia al escribir era desde luego muy satisfactoria y tan oscura y mágica como las composiciones de Danny Elfman y Javier Navarrete que sonaban en mi Spotify, pero la experiencia del lector iba a ser otra. Por lo menos hasta que se popularicen libros electrónicos con listas de reproducción asociadas a su lectura (disponemos ya de la tecnología necesaria para ello, así que sólo se trata de empezar a explotar sus posibilidades).

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