¿Debemos registrar todo lo que escribimos?

Antes de que mi primera novela llegara a las manos adecuadas, dediqué casi un año a enviarla a todas las editoriales posibles. También la envié al Premio Minotauro de aquel año, sin suerte alguna. Y recuerdo que cuando le contaba a alguien que estaba mandando alegremente el manuscrito a todas partes, la primera pregunta que me hacían era: “la habrás registrado, ¿no?”

Todos conocemos anécdotas como la del creador de futbolín y parece estar bastante instalada en el imaginario colectivo la figura siniestra de una persona malvada apropiándose del trabajo de otra que no puede demostrar su autoría porque nunca registró el original. Yo pasé por el trance de imaginarme plagiado antes incluso de terminar el manuscrito de El aviso, del cual llevaba una copia de seguridad en un reproductor de mp3 con el que iba al gimnasio. Una tarde, entre pesas y carreras en la cinta, lo olvidé en algún rincón. Y no lo volví a ver más. Como todo autor que está escribiendo su ópera prima, sentía que era, básicamente, la mejor novela de la historia y que iba a cambiar con ella el transcurso de la narrativa moderna.

Para mí, lo que contenía aquel mp3 era poco más o menos que un futuro de gloria, riquezas y reconocimiento. De repente, imaginaba mi valiosa historia en manos de algún levantador de pesas que se haría rico con mis ideas mientras mi vida se desintegraría como un barquito de papel en las corrientes de un alcantarillado. Hasta el día en que moriría de hambre en una acera viendo en los televisores de algún escaparate cómo ese ex compañero de gimnasio recibía el premio Nobel de Literatura por mi novela. Pues bien, es bastante probable que la realidad fuera otra, y que lo primero que hiciera esa persona que se quedó con mi reproductor fuera borrar el montón de archivos de Word que le estorbaban para poder meter más canciones de DJ Tiësto.

En efecto, todo ese miedo al plagio que parecemos tener los autores novatos está bastante infundado. Sirva mi pequeña fábula del mp3 para entender que, en realidad, la mayoría de profesionales que reciban un manuscrito actuarán de dos maneras:

  • Si se trata de un editor, agente o secretaria de una editorial de las que no tienen cabida para nuevos autores, obviarán el envío con la misma indiferencia con la que mi compañero de gimnasio sobreescribió El aviso con música techno.
  • Si es un editor, agente o secretaria de una editorial abierta a encontrar nuevo talento, lo primero que querrán será contactar con el autor del envío. Hacer un contrato. Asegurarse de tener entre sus filas al autor que ha redactado esas palabras. Porque probablemente pueda redactar muchas más, e igual de buenas. Nadie que sea serio en el mundo editorial va a robar un manuscrito para publicarlo de mala manera a espaldas de su autor.

Por lo tanto, tranquilidad. Por mucho que sintamos que nuestras ideas son las mejores y que el mundo entero será capaz de conspirar contra nosotros para hacerse con el santo grial de nuestra prosa sin que nosotros lo sepamos, la realidad es otra. De hecho, si atendemos a lo que cuentan las hemerotecas, es bastante más probable que nos plagien cuando ya tengamos un mínimo de reconocimiento que ahora que no somos nadie. 

¿Quiere esto decir que no hace falta registrar los textos que escribimos? Hombre, pues no me atrevería a decir tanto, pero sí recomendaría un poco de relajación al respecto. No olvidemos que las obras, y los derechos sobre ellas que corresponden al autor, están protegidas por el mero hecho de su creación. Es verdad que una vez que uno termina una novela, tiene hasta su punto pasarse por el registro. Sobre todo porque el hecho de que exista un papel oficial con el título de la obra parece que le da cierto empaque. Es como su certificado de nacimiento. Éste es el papel del registro de El aviso (cuando todavía se titulaba Radar):

registro-el-aviso

Pero si estás en la fase de escribir relatos para enviar a premios y tienes miedo a poner en circulación tus maravillosas ideas y que todo el mundo te las plagie, de verdad que puedes ahorrarte unos cuantos viajes al registro. Ve enviando los que tengas con tranquilidad y, ya cuando reúnas un buen número, regístralos todos de una vez, que es más sencillo. A quien le gusten tus cuentos, los publicará, y los derechos de autor te pertenecerán de igual manera porque son tuyos nada más. A quien no le gusten, los desechará como desechó mi compañero de gimnasio aquellos documentos de Word que narraban la vida de Leo Cruz, aún sin el desenlace.

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  • Alex Pler

    Pues solía pensar como tú… hasta que me crucé con esta historia indignante: http://elpais.com/diario/2011/12/25/eps/1324798016_850215.html. Supongo que será un caso de mala suerte, pero puede ocurrir.

    Desde entonces, entiendo que toda precaución es poca. Es cierto que no irás al registro para cada relato, ni para cada corrección, pero la novela supone varios años de trabajo y tenerla registrada tras terminarla, te da tranquilidad. Aparte de ser, como bien dices, su certificado de nacimiento. No creo ser el único que por fin se ha sentido escritor al salir del registro con un papel oficial con su nombre y el título de la novela.

    • http://www.paulpen.com/ Paul Pen

      Sí, recuerdo el caso, sin duda excepcional. Aunque me pregunto si el autor original no hubiera ganado incluso no teniendo la novela registrada. Si la había publicado previamente en varias plataformas, no era difícil probar su autoría. Además, poniéndonos por un momento en la piel de un plagiador, hay que ser muy imprudente para plagiar un texto que no sabes si está registrado o no y del que, para empezar, lo más probable es que tampoco obtengas grandes beneficios. Se me ocurren formas mucho más rentables de delinquir.

      Aún así, en efecto, una novela la registraría siempre.

  • Rincón del lector

    La verdad es que da mucho gustito ir al registro y salir con tu papel. Ahí oficialmente piensas, soy autor!!! me encantó la experiencia.

  • Otto®

    Creo que me iré por lo seguro y lo registraré en cuanto termine :)