Escribir contando palabras

TweetLa literatura, de toda la vida de Dios, ha sido una disciplina de letras. Obvio. Sin embargo, fueron las matemáticas las que, irónicamente, me animaron a ponerme a escribir una novela. ¿Por qué? Porque habiendo sido de ciencias hasta COU, decidí realizar una aproximación numérica a esa labor tan idealizada de escribir un libro. Antes de preocuparme por asuntos meramente literarios, quise saber a qué me enfrentaba desde un punto de vista cuantitativo. En contra del habitual rechazo que todo lo matemático genera en ambientes de letras, creo que las cosas pueden simplificarse mucho cuando se reducen a la realidad empírica e inalterable de los números, porque ellos no entienden de las interpretaciones y opiniones subjetivas tan propias de las disciplinas artísticas. Los consejos habituales que uno escucha por ahí cuando busca motivación para empezar a escribir son del tipo “escribe sólo lo que la inspiración te permita cada día”, o “escribir es un acto artístico que no se debe cuantificar”. Pero a mí ese tipo de indicaciones no me ayudaban en nada. Porque si nos quedamos mirando la hoja en blanco esperando que un torbellino de inspiración nos sacuda y nuestros dedos tecleen solos movidos por las sobrevaloradas musas, corremos el riesgo de acabar hipnotizados por el latir intermitente del cursor. Para embarcarse en un proyecto tan abstracto como el de escribir una novela, así, en general, es necesario tener algo mucho más práctico a lo que agarrarse. Más de andar por casa. Al menos yo necesitaba datos, límites, cuentas. Números. Porque aunque es muy bonito hablar de “creación de personajes” y “dotar de tema a un capítulo”, en realidad lo que uno se pregunta antes de escribir una novela es: ¿pero cuánto tengo que escribir? ¿A cuántas páginas tengo que llegar? ¿Habré acabado en 2015? Redactar un libro parece, en principio, un trabajo enorme, inabarcable. Escribir la primera y última palabra pertenecen a una misma labor hercúlea. Al fin y al cabo, estamos creando un mundo entero, gestando las vidas de unas personas. ¿Qué hay más grande que eso? Da vértigo sólo de pensarlo. Por suerte, es una sensación que puede desaparecer fácilmente si, como haría Dexter con un cadáver, descuartizamos la labor en pequeñas partes. Y es aquí donde entran mis amigos los números. Pero que nadie se asuste que no vamos a hablar de logaritmos neperianos ni integrales, sino de fracciones de las más básicas. Nivel frutería.

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Scrivener: un gran programa para escribir novelas

TweetEs difícil no sentirse como un traidor cuando uno se sienta delante del ordenador para hablar  de un programa de escritura que no sea nuestro querido Microsoft Word. Aunque en los tiempos de MS-DOS ya tecleáramos palabritas en una pantalla, fue con el programa de la W con el que la mayoría nos iniciamos en el mundo del procesamiento de textos. Fuera por la razón que fuera (básicamente, porque venía preinstalado en nuestras primeras computadoras), el Word nos abrió las puertas del Cortar y Pegar, del Reemplazar y del Contar Palabras. Del Número de Página y el Interlineado. Gracias a él conocimos las tipografías Webdings, Windings y Book Antiqua. Nos peleamos con los Saltos de Página. Sentimos escalofríos cada vez que aquella criatura del infierno llamada Clippy tocaba en nuestra pantalla para preguntarnos si estábamos escribiendo una carta, aunque nunca estábamos escribiendo una carta. Es mucho lo que hemos vivido con Microsoft Word. Por mi parte, El aviso, El brillo de las luciérnagas y todos los relatos que he publicado, los he escrito con ese programa. Alguna vez probé con Open Office y otros sustitutos, pero no era lo mismo. En Word me sentía en casa. Sabía en qué armario guardaba el azúcar y en qué menú se encontraba exactamente la función para tachar el texto. Todo iba bien entre Word y yo hasta que, en algún momento del año pasado, el director del programa de televisión en el que trabajaba me preguntó qué software utilizaba para escribir las novelas. Y caí en que nunca me había planteado siquiera la posibilidad de escribir con otro programa. Y eso que muchas veces me he sentido limitado con Word, no en el momento de escribir, sino a la hora de organizar el trabajo. Una novela es mucho más que un documento, es un gran engranaje de muchos de ellos, y moverse entre todas esas ramificaciones nunca ha resultado sencillo en Word. El caso es que busqué en el todopoderoso Google y descubrí que, en efecto, existen multitud de programas orientados al trabajo del escritor. De todos ellos, el que más me convenció por el aspecto de los tutoriales que estudié en YouTube se llamaba Scrivener. Probé a bajar la demo y, pocos días después, estaba comprando la versión completa. He aquí cinco buenas razones que me convencieron para cambiarme:

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Diez maneras infalibles de mejorar un manuscrito (I)

TweetUna vez que uno escribe la palabra Fin en una novela, en realidad lo único que hace es establecer un nuevo comienzo. Por muy organizado que uno sea, por mucho que sepa desde el principio que al final la chica muere a manos del hermano gemelo de su marido desaparecido, siempre será necesario volver sobre lo escrito porque habrán ocurrido cosas que nunca se previeron y que cambian sustancialmente lo que aconteció previamente. La reescritura es un trabajo profundo en el que habrá que encajar a la perfección la secuencia de eventos, pulir las motivaciones de todos los personajes, evitar las inconsistencias en la trama y otras labores de crucial importancia de las que hablaremos en entradas futuras. Pero antes incluso de someter a nuestra novela a esa operación a corazón abierto, existe una serie de primeros auxilios que podemos aplicarle y que mejorarán su salud de forma automática. 1. ADJETIVOS, LOS NECESARIOS, QUE SON MENOS DE LOS QUE PENSAMOS Debió de ser cuando escribíamos composiciones en el colegio cuando descubrimos lo fácil que era engordar un texto a base de adjetivos. Además, por aquel entonces, la profesora incluso nos subía la nota al comprobar la riqueza de nuestro léxico. El “precioso, profundo, inmenso e inabarcable cielo azul” que mencionábamos en nuestra redacción nos hacía aún más merecedores del Progresa Adecuadamente. Pero como ya no estamos sentados en un pupitre sino en un escritorio Expedit, se acabó lo que se daba. Adjetivos, los justos. Y nada de frases como “el frío y morado cadáver estaba hinchado”. Tres adjetivos en siete palabras no es un buen ratio, y menos cuando son adjetivos que ya se presuponen al nombre al que acompañan. La sencillez es siempre nuestra aliada. Siempre. Por lo menos hasta que seamos Javier Marías y hagamos con las oraciones lo que nos dé la gana. De momento, un único adjetivo bien puesto, basta. 2. QUITAR TODAS LAS PALABRAS QUE ACABEN EN -MENTE Bueno, y que sean adverbios, claro. Que nadie comience a cambiar la palabra mente referida a la potencia intelectual del alma de su personaje (lo de ‘potencia intelectual del alma’ es la definición que acabo de ver que la RAE ofrece para dicha palabra, qué bonito). A lo que iba, algo tan sencillo como utilizar la herramienta Edición > Buscar de Word para localizar todos los adverbios acabados en -mente que hayamos usado, elevará la legibilidad del manuscrito unos cuantos puntos. ¿Qué hacer con ellos? Borrarlos. La mayor parte de las veces, se puede. El mero contexto, si hemos hecho bien nuestro trabajo, evita la necesidad de redundar con un adverbio. Si estamos describiendo la huida de un ladrón que acaba de robar un banco, no nos hace falta aclarar que giró la llave del coche nerviosamente. Ni rápidamente. Ni frenéticamente. Las sirenas de la policía, el sudor que resbala por su frente, la respiración entrecortada y las manos temblorosas ya nos dejan claro que la huida es rápida, frenética y nerviosa. No hace falta más. Lo mismo ocurre con…

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¿Quién elige la portada de una novela?

TweetSi existe un momento que me gusta especialmente en el proceso de publicación de una novela es el momento de ver la portada. En contra de lo que dicta la razón y la sabiduría popular, no puedo evitar hacer un primer juicio de un libro basándome en su portada, así que supongo que otro montón de gente hará lo propio con los míos. Al fin y al cabo, y salvo novedades muy anticipadas, es lo primero que vemos de ese libro. Recuerdo que de pequeño viví como algo traumático un cambio de ilustrador que se produjo en los libros de El pequeño vampiro. Vale que los verdaderos personajes eran los que Angela Sommer-Bodenburg describía con sus palabras y no los que la ilustradora plasmaba en la portada, pero tras años de imaginar a Rüdiger y Anton de una manera, no resultaba sencillo comprar nuevos libros con portadas invadidas por personajes de apariencia extraña: ¿Quién elige la portada de tu novela? La editorial. ¿Tenemos los escritores algo que decir al respecto? Por supuesto. Aunque, al menos en lo que ha sido mi experiencia, partiendo siempre de opciones enviadas por la editorial. Recuerdo el caso de un escritor norteamericano, Barry Eisler, que se enfadó tanto al ver la portada con la que una editorial extranjera había sacado al mercado la traducción de una de sus novelas, que decidió escribir una carta abierta a esa editorial para dejar las cosas claras. La portada fue ésta: Y en la carta les dijo cosas como: “entiendo que diferentes mercados tienen diferentes sensibilidades, pero la imagen que han elegido no es que viole la sensibilidad de un mercado particular, sino que viola los fundamentos del márketing como tal”; y “alguien que tratara deliberadamente de encontrar una imagen más insípida e inerte a la que ustedes proponen tendría bastante difícil encontrarla”. Yo aún no me he encontrado en una situación como ésta, aunque recuerdo perfectamente el susto que me llevé cuando recibí la primera opción que RBA me ofreció para El aviso. La editora me explicaba, con mucha razón, que una portada no tiene por qué reflejar exactamente el universo de la novela, sino que debe transmitir las emociones que provoca ese texto. Y hasta ahí estoy de acuerdo. Pero resulta que esa primera portada mostraba la fotografía de una niña. Y quien haya leído El aviso sabrá que el protagonista era un niño. La imagen sin duda era inquietante, lo cual cuadraba con la atmósfera de la novela, pero me resistía a ilustrar con una niña lo que era una historia sobre un niño. Si, al fin y al cabo, las editoriales tiran en muchas ocasiones de bancos de imágenes para sus portadas, bancos en los que hay centenares de fotografías de modelos anónimos de todas las edades, ¿por qué elegir el sexo equivocado? Tras mostrar amablemente mi disconformidad, la editorial mandó dos nuevas opciones, ambas protagonizadas, ahora sí, por niños varones aterrorizados. Uno de ellos era el que finalmente quedó plasmado en la portada. Ahora que…

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Por qué no escribo con música

TweetAbandonamos temporalmente la línea temática sobre el proceso de publicar para ocuparnos de un tema que atañe al propio proceso de escritura: el de la música. Debate clásico que divide a los escritores en dos grupos: quienes encuentran en los auriculares conectados al ordenador un aporte de inspiración extra, y aquellos que son incapaces de escribir mientras alguien canta otras palabras en sus oídos. Es sabido que Stephen King escribe escuchando música heavy a todo volumen, pero a mí me ocurre lo contrario. Me gusta el silencio. Mi primera novela la escribí así sin planteármelo demasiado. En la segunda, quise probar a hacerlo con música. Siendo el detonador de emociones que es, supuse que podría ayudar. Dispuesto a comprobarlo, escribí la primera parte de El brillo de las luciérnagas escuchando un loop infinito de unas cuantas canciones de bandas sonoras de películas que tengo en altísima estima: El orfanato, El laberinto del fauno, Eduardo Manostijeras y Hasta que llegó su hora. Ésta fue mi lista de reproducción durante meses: Todo el proceso de escritura de esa primera parte, e incluso las relecturas de cada día, las realicé escuchando esa música. Eran, sin duda, canciones que casaban a la perfección con la atmósfera oscura pero con toques de ternura que buscaba conseguir. En mi cabeza, las campanitas que suenan en los temas de la película de Tim Burton acompañaban el vuelo de unas luciérnagas que aparecen en el sótano donde transcurre la acción de la novela. Casualmente, ese año la ONCE decidió utilizar la misma canción de Eduardo Manostijeras como banda sonora de su anuncio de El Gordo de Navidad, y yo tenía tan asociada la musiquita a la novela, que cada vez que alguna cadena emitía dicha publicidad me convertía en el perro de Pavlov: oía las campanitas y sentía un impulso irrefrenable de ponerme a escribir: Y veo que me ocurre todavía. ¿Por qué entonces acabé cambiando de parecer? Pues porque llegó un día en que leí lo escrito en completo silencio. Y descubrí que la música en mis oídos había puesto sobre la páginas cosas que en realidad no estaban. Mi experiencia al escribir era desde luego muy satisfactoria y tan oscura y mágica como las composiciones de Danny Elfman y Javier Navarrete que sonaban en mi Spotify, pero la experiencia del lector iba a ser otra. Por lo menos hasta que se popularicen libros electrónicos con listas de reproducción asociadas a su lectura (disponemos ya de la tecnología necesaria para ello, así que sólo se trata de empezar a explotar sus posibilidades).

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Editoriales o agentes: cuando el Plan B es mejor que el Plan A

TweetDigamos que tienes tu manuscrito terminado y, de momento, prefieres publicar en papel. Con una editorial. Porque es muy bonita la idea de ser leído, que tus palabras lleguen a los corazones de otra gente y cosas por el estilo que también se consiguen con la publicación digital, pero ahora mismo te apetece poder tocar la portada de tu libro, pelar la sobrecubierta para ver cómo es la tapa por debajo, y mirar el número de páginas que has ocupado. Y poder pedir en El Corte Inglés que te lo envuelvan para regalo. No soy de los que niega el salto a lo digital en favor de la excelsa experiencia sensorial de oler el papel recién impreso, pero es que huele tan bien… ¿Qué hacer entonces con tu archivo .doc de unos 700kb? Inciso para curiosidades numéricas: el manuscrito final de El aviso ocupaba exactamente 674kb y el de El brillo de las luciérnagas ocupa 1,1M: ¿Cómo conseguir que ese archivo en nuestro escritorio se convierta en un libro de la estantería de bestsellers de La Central? Existen dos opciones fundamentales: Plan A: Enviarlo a editoriales. Plan B: Enviarlo a agentes literarios. El Plan A es en el que todos pensamos mientras escribimos. En algún momento entró al imaginario colectivo la idea del montón de folios impresos atados con una cuerda deshilachada abriéndose paso entre una pila de manuscritos acumulados en alguna editorial hasta lograr la fama internacional de su autor, y es más o menos lo que muchos pensamos que ocurrirá con nuestro libro. Pero la realidad, como siempre, es otra. Para empezar, porque no vivimos en el Nueva York de los años cincuenta y el enorme manuscrito impreso y atado con cuerdas de ilusión está perdiendo fuelle en favor del minúsculo iconito de Word adjuntado a un correo electrónico. Es algo que los almacenes de las editoriales, y los árboles, agradecen. Y porque, aceptémoslo, es muy difícil que un manuscrito enviado de esta forma logre ganarse el minuto de atención que se necesita para iniciar cualquier proceso de publicación. ¿Puede ocurrir? Por supuesto. Y ocurre. También todos los jueves a alguien le toca la Lotería Primitiva. Yo jugué durante un año a esa lotería y al final no me tocó ni el reintegro. ¿Por qué? ¿No están las editoriales moralmente obligadas a leer todo lo que les llega porque detrás de cada envío hay un autor en ciernes que espera una respuesta con fe, ambición, y un ferviente deseo de triunfar en la literatura? La verdad, no. Hay que pensar en ese manuscrito como un Currículum Vitae enviado a una empresa. Es más: enviado a una empresa que apenas oferta vacantes. ¿Es acaso una buena forma de conseguir empleo? ¿Confiaríamos el futuro de nuestra familia o, para el caso, el de nuestra carrera literaria, a un envío masivo de currículums? Y con esto no quiero decir que las editoriales no lean lo que les llega. El otro día mi editor en Plaza y Janés me confirmaba que allí leen…

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Así le va a un joven escritor español

TweetHola. Me llamo Paul Pen. Y me van a matar. Lo siento, no he podido evitarlo. Desde que vi aquel cartel de Tesis de Alejandro Amenábar, cada vez que alguien se presenta diciendo su nombre, la siguiente frase que acude a mi mente es la que pronunciaba Ana Torrent en la película. Pero no, no me van a matar. Al menos que yo sepa. Quizá haya alguien, o algo, escondido entre las sombras de esta casa en la que escribo, pero espero que no. O que sí. Una respiración en un rincón. A lo que iba. Soy Paul Pen. Escritor. Español a pesar del nombre que me dio mi padre holandés. En efecto, no hay seudónimo más allá que el de haber mutilado algunas letras a mi larguísimo apellido real. Uno que hubiera hecho muy infelices a los diseñadores de portadas que hubieran tenido que apiñar un montón de caracteres allá donde pudieran. He publicado cuentos, una novela, y la segunda está al caer. De la primera, El aviso, ultiman ahora el guión para su adaptación cinematográfica y acaba de publicarse en Alemania e Italia. De cómo le fue en las listas tampoco me puedo quejar: Todo muy bonito, ya, pero para qué lo cuento. Pues simplemente a modo de pequeña presentación que justifique la realización de este blog. Que tampoco es que haga falta, porque hoy cualquiera estamos en todo nuestro derecho de ocupar bits en los servidores de Blogspot y WordPress aunque sea para hablar del arte de germinar plantas carnívoras en casa. En mi caso, ocuparé esos bits para contar cómo se vive lo de escribir y publicar desde este lado de mi pantalla. Recuerdo haber pasado horas frente a esta misma pantalla (o la del ordenador de la redacción en la que trabajara en ese momento), leyendo lo que hacían, o cómo les iba, a otros escritores, así que imagino que habrá alguien por ahí a quien le interese saber cómo le va hoy en día a un escritor joven a las puertas de publicar su segunda novela: El brillo de las luciérnagas. Y digo a las puertas porque queda poco. Algo más de un mes, lo cual es una unidad de tiempo mínima en los largos procesos habituales del mundo editorial, en el que cada paso, cada decisión, conlleva algo así como cuatro meses. Lo sé: los veranos de nuestra infancia duraban menos y parecían vidas enteras. Doce semanas eran suficientes para formar pandillas, adoptar gatos callejeros, asistir al progresivo tachado de los helados más apetecibles en la carta de Frigo, ver lluvias de estrellas y completar el ciclo vital de una bicicleta. Pero en el mundo editorial tradicional, el del papel, cuatro meses es algo así como la unidad básica de tiempo. Por ejemplo: ¿cuánto pasó desde que escribí la palabra Fin en El aviso, mi primera novela, hasta que el primer ejemplar aterrizó en la Fnac? Chequeando mis secretísimos y encriptadísimos archivos veo que escribí por primera vez esa palabra en mayo de…

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